La Fraternidad

CENTENARIO DE ADOLFO BIOY CASARES: LA ESTRECHA RELACIÓN ENTRE “LA INVENCIÓN DE MOREL” Y “LOST” (LA SERIE DE TV).

In Borges, Curiosidades, Libros, Literatura, Lo que nos inspira, Noticias on 16 septiembre, 2014 at 0:16

“El amor -en Bioy Casares- es una percepción privilegiada, la más total y lúcida, no sólo de la irrealidad del mundo, sino de la nuestra”.

-Octavio Paz-

 

La invención de Morel, es la obra más famosa del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (Buenos  Aires,  1914-1999) su profundidad y sutil complejidad, han convertido a esta breve  novela (consta de 130 páginas en versión bolsillo) en una poderosa e indispensable pieza  narrativa  en  nuestro  idioma. La  invención de Morel significa mucho, simboliza mucho: la inmortalidad, la transmutación del alma, la búsqueda incansable  del  genio por construir el invento perfecto que dote de vida eterna a todo aquello que  deseamos  nunca perezca. Pero también es homenaje; quizá el más punzante, es el que el autor  hizo  al clásico de H.G. Wells “La isla del Doctor Moreau”, -no sólo en clara referencia al  título-,  también  lo  hace gustoso al género de la ciencia ficción (en el que Bioy siempre navegó con clase y soltura). Mucho se ha especulado que gran parte del reconocimiento a Bioy Casares,  se debe a la estrechísima amistad que sostuvo con Jorge Luis Borges durante más de 30 años,  pero  todo  aquel  que se haya  sumergido en su obra, sabrá valorar con justa dimensión el virtuosismo de la prosa del autor.

La  historia  parece  simple.  El delirio, la fuga, y una isla maldita, se aderezan con una improbable historia  de amor. Todo  lo  que el lector descubrirá dentro de las páginas de esta novela,  lo  hará  mediante  los  delirantes  apuntes  del personaje principal, a su diario. El diálogo  consigo  mismo resulta tan intimista –como toda relación estrecha entre un sujeto y su historia  contada  en  primera  persona– que en ningún momento nos damos por presentados. Desconoceremos  hasta la última página su propio nombre. Nos enteramos pronto, que el de la voz es un escritor  prófugo, porque se confiesa ante nuestros ojos; y un muy atípico náufrago..atípico, por  una  sencilla  razón: el  naufragio y confinamiento en la isla fueron su elección absoluta. El náufrago asume con estoicismo su aislamiento porque él mismo lo diseñó así. cepta las desventuras, hambre e infames condiciones que padece en la  isla desierta, porque es la prisión que decidió habitar. Desconocemos el crimen que alega no haber cometido. Creer su inocencia es responsabilidad entera del lector.

 

El  prólogo  –autoría  de  Jorge Luis Borges- nos prepara de alguna manera, para estar atentos, -pero  sobre  todo-   a conmovernos con una extraordinaria historia y su vuelta de  tuerca:  “Las ficciones de índole policial -otro género típico de este siglo que no puede  inventar  argumentos­  refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy  Casares, en estas páginas despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante  un solo postulado fantástico pero no sobrenatural. El temor de incurrir en prematuras o  parciales  revelaciones  me  prohíbe  el  examen  del  argumento  y  de las muchas delicadas sabidurías  de  la  ejecución. Básteme declarar que Bioy renueva literariamente un concepto que San  Agustín  y  Orígenes  refutaron,  que  Louis  Auguste Blanqui razonó y que dijo con música memorable Dante Gabriel Rossetti:


“ I have been here before,

                               But when or how I cannot tell:
I know the grass beyond the door,
The sweet keen smell,
The sighing sound, the lights around the shore…”

 

 

Cuando Borges habla de sabiduría en manejo de alegorías fantásticas, no lo hace gratuitamente. Un caótico timing  onírico  se  abre  paso  entre  la  salvaje  flora  de la isla, transportándonos –acaso atemporalmente- a una intrincada aventura científica.

 

La Isla maldita y Lost!

La  Isla  que  el  naufrago consideraba desierta, parece no serlo más (quizá, nunca lo estuvo, este es el primer misterio que debemos resolver en silenciosa complicidad lectora). Morel es un científico adelantado a su época –Bioy se esfuerza por ubicar el tiempo en los años treintas-, cuyas invenciones estriban en legar al mundo tecnología experimental que le permita obtener  –gracias a un anónimo camarada del  futuro  emergente- la continuidad de su proyecto personal: la inmortalidad. Construye  un  mundo y lo  protege engañando a otro. La presencia de Faustine emerge como poderosa viñeta con su hermoso perfil que mira obsesivamente el atardecer desde el acantilado. Finalmente, la invención reconcilia a los amantes rivales (prófugo y científico) para inspirarlos a unir los cables del prodigio de la eternidad.

 

La  invención de Morel es una trampa surreal construida a base de mecanismos complejos meticulosamente detallados por un autor apasionado por la ciencia, que distribuyó pacientemente pistas ambiguas, redes intangibles, mudos espejos y secretos reflejantes. Usó con ingenio el recurso cinematográfico del  flashback,  el de los finales que abrazan los inicios, el de caracteres monocromáticos danzantes. Cuando el escritor argentino decidió tomar la ruta del homenaje a la obra maestra de Wells, probablemente nunca imaginó regalarle a nuestra generación un notabilísimo objeto de culto. Su guiño a Moreau  es el mismo guiño usado porJeffrey Lieber, J.J. Abrams y Damon Lindelof (los creadores de la exitosa producción televisiva Lost!, serie considerada el homenaje más famoso a la novela), la diferencia, es que esta última se quedó muy corta ante el efecto contundente de la pieza literaria.

Porque aunque el lector tenga revelado el misterio en las últimas páginas, las cinco líneas finales de la novela consiguen lo que jamás hizo la serie norteamericana en seis temporadas, 121 capítulos y carretadas obscenas de dólares: conmover poderosamente al lector que ya nada espera. El desconsuelo y la melancolía rampantes al ocaso del libro, son compensadas por  el  talento  fantástico  de  una  pluma  que zurce todas las costuras roídas y teje con pulcritud cualquier hilo deshilvanado de la historia en un final exquisito, tan rotundo como entrañable.
Octavio Paz hizo el siguiente apunte elogioso a La invención de Morel: “puede ser descrita, sin exagerar,  como  una  novela perfecta”, Jorge Luis Borges hizo lo propio retomando a Paz al final del ya citado prólogo: “En  español,  son  infrecuentes y aún rarísimas las obras de imaginación razonada. Los clásicos  ejercieron la  alegoría,  las  exageraciones  de  la  sátira  y, alguna vez, la mera incoherencia  verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo. He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”

 

Los invito a naufragar en el mundo de Bioy Casares. Si no lo han hecho antes, visiten su célebre isla. Miren con atención al cielo y descubran sus dos soles, sus dos lunas, les aseguro que también se aficionarán a sus ponientes menguantes, a sus crepúsculos sin dulzura. La visita no es larga, podrán descubrirla en siete días. No teman, no existe peligro de contagio. Somos inmunes a esa extraña enfermedad que se adquiere en sus entrañas, que carcome las propias. Uno nunca sabe quién de nosotros conozca la combinación que el trágico héroe espera entre espejos y que necesita para abrir el portal diseñado por Morel para los tiempos venideros, para el futuro. El que ya nos alcanzó.

 

 

Artículo de América Pacheco.

Via: Animal Político

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